Jesús, mi Dios, mi
redentor,
mi amigo, mi íntimo amigo,
mi corazón, mi cariño:
Aquí vengo, para decirte desde lo más profundo de mi corazón
y con la mayor sinceridad y afecto de que soy capaz,
que ho hay nada en el mundo que me atraiga,
sino tú sólo, Jesús mío.
No quiero las cosas
del mundo.
No quiero consolarme con las criaturas.
Sólo quiero vaciarme de todo y de mí mismo,
para amarte sólo a ti.
Para ti, Señor, todo mi corazón,
todos sus afectos, todos sus cariños,
todas sus delicadezas.
¡Oh, Señor!, no me canso de repetirte:
Nada quiero sino tu amor y tu confianza.
Te prometo, te
juro, Señor, escuchar siempre tus inspiraciones,
vivir tu misma vida.
Háblame muy frecuentemente en el fondo del alma
y exígeme mucho,
que te juro por tu corazón
hacer siempre lo que tú deseas, por mínimo o costoso que sea.
¿Cómo voy a poder
negarte algo,
si el único consuelo de mi corazón es esperar que caiga una
palabra de tus labios,
para satisfacer tus gustos?
(Pedro Arrupe,
1907-1991)
Madre de Dios,
Virgen, Reina de todos,
no ignores a quienes te imploramos,
agitados por las borrascas de la vida y asediados por el mal.
Tú eres la más excelsa de todas las potencias del cielo,
Paloma aureolada por el Espíritu,
Gloria y alegría de los apóstoles,
Armonía de los profetas y de los mártires,
Socorro del mundo entero,
Torre preciosa revestida de oro,
Ciudad de doce puertas, paraíso,
Muralla inexpugnable, fortaleza, baluarte,
Defensa del piadoso y respetuoso,
Protección del que vive en castidad.
Te veneramos, inefable Señora,
y alabamos a tu Hijo y Señor nuestro, Cristo,
único amigo de los hombre,
a fin de hallar gracia y amor, en el día del juicio.
(Anónimo del siglo VI)
El Catecismo de la
Iglesia Católica define la "oración" [2559] como la elevación
del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes.
Es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios
tiene sed de que el hombre tenga sed de Él.
En el número 234
de los Ejercicios Espirituales, al explicar el primer punto de
la CONTEMPLACIÓN PARA ALCANZAR AMOR, Ignacio de Loyola escribe
esta famosa oración, paradigma de la oración ignaciana: